Ataques de pánico en el trabajo: qué son y cómo actuar

Lo que nadie te dice sobre los ataques de pánico

Un ataque de pánico en el trabajo es una experiencia aterradora, en parte porque muchas personas que los sufren por primera vez creen que están teniendo un infarto. El corazón se acelera, la respiración se vuelve superficial y agitada, aparece una sensación de presión en el pecho, las manos hormiguean y la mente se convence de que algo muy grave está ocurriendo. Todo eso en un plazo de minutos, en medio de una reunión, delante del ordenador o en el baño al que has corrido sin saber muy bien por qué.

Los ataques de pánico son episodios intensos de ansiedad con síntomas físicos pronunciados. No son peligrosos en sí mismos —no causan ningún daño físico— pero la experiencia es tan intensa que muchas personas desarrollan miedo anticipatorio: el miedo al miedo, que a su vez retroalimenta la ansiedad y aumenta la probabilidad de que se repitan.

Por qué ocurren en el entorno laboral

El trabajo es uno de los contextos donde los ataques de pánico se desencadenan con mayor frecuencia. Los factores que contribuyen son múltiples: la exposición sostenida a situaciones percibidas como amenazas —evaluaciones, conflictos, incertidumbre sobre el empleo, sobrecarga de trabajo—, la dificultad para escapar o interrumpir la situación cuando el malestar aparece, y la presencia de otras personas que genera una capa adicional de vergüenza o preocupación por lo que puedan pensar.

No todos los ataques de pánico tienen un desencadenante claro e inmediato. Muchos ocurren cuando el nivel general de estrés acumulado supera un umbral, y el detonante final puede ser algo tan pequeño como recibir un correo con un tono más seco de lo habitual o que alguien te llame por teléfono inesperadamente. El sistema nervioso, que lleva semanas o meses funcionando en alerta sostenida, responde de forma desproporcionada ante lo que debería ser un estímulo neutro.

Síntomas: cómo distinguir un ataque de pánico de un problema cardíaco

La similitud entre los síntomas de un ataque de pánico y los de un infarto es real y es la razón por la que tantas personas acaban en urgencias sin que los médicos encuentren nada. Ambos incluyen dolor o presión en el pecho, palpitaciones, dificultad para respirar y una intensa sensación de que algo va muy mal. Sin embargo, hay diferencias importantes.

En un ataque de pánico, los síntomas alcanzan su pico máximo en menos de diez minutos y luego empiezan a remitir. El dolor en el pecho suele ser más difuso y fluctuante, no irradiado hacia el brazo o la mandíbula como en el infarto. Las manos y los pies a menudo hormiguean o se entumecen —una consecuencia directa de la hiperventilación— y la sensación de irrealidad o de estar desconectado del propio cuerpo es característica de los episodios de pánico y muy poco frecuente en los cardíacos.

Si tienes dudas ante un episodio, busca atención médica. Descartar una causa cardíaca es lo primero, especialmente si es la primera vez que ocurre o si hay factores de riesgo cardiovascular. Pero una vez confirmado que el corazón está bien, el siguiente paso es abordar la ansiedad de fondo.

Qué hacer durante un ataque de pánico en el trabajo

El error más común durante un ataque de pánico es intentar controlarlo directamente: analizar lo que está pasando, buscar la causa, convencerse de que no es real. Eso no funciona porque el sistema nervioso autónomo no responde a los argumentos racionales cuando está en plena activación. Lo que sí funciona es intervenir directamente sobre la fisiología.

La técnica más efectiva para interrumpir un ataque de pánico es la respiración controlada 4-7-8: inhalar durante 4 segundos, retener 7 segundos, exhalar lentamente durante 8 segundos. La exhalación larga activa el nervio vago y el sistema nervioso parasimpático, que es el que desacelera la respuesta de emergencia. Necesita práctica previa para funcionar en el momento del episodio, no se aprende durante el ataque.

Si puedes, aléjate físicamente de la situación aunque sea brevemente. Ir al baño, salir a tomar el aire, sentarte en un lugar tranquilo. El cambio de entorno rompe el estímulo que puede estar manteniendo la activación. Una vez que el pico más intenso pasa, que suele ocurrir en diez o quince minutos, el cuerpo empieza a recuperar la calma por sí solo.

Después del episodio: lo que conviene hacer y lo que conviene evitar

Uno de los patrones más contraproducentes después de un ataque de pánico en el trabajo es la evitación. Si el episodio ocurrió en una reunión, empezar a esquivar las reuniones refuerza la asociación entre ese contexto y el peligro. El cerebro aprende que la reunión es peligrosa y la ansiedad anticipatoria crece. A largo plazo, ese patrón puede limitar seriamente la vida laboral.

La exposición gradual —volver al contexto donde ocurrió el episodio, primero en condiciones más controladas y luego progresivamente en situaciones más parecidas a la original— es parte del tratamiento estándar de la ansiedad y el pánico. No implica forzarse de forma abrupta, sino hacerlo de manera progresiva con el apoyo adecuado.

Hablar con un psicólogo especializado en ansiedad es el paso más útil si los ataques se repiten. La terapia cognitivo-conductual y, en algunos casos, la terapia de exposición tienen una eficacia muy bien documentada. En muchos casos, pocas semanas de trabajo terapéutico son suficientes para romper el ciclo.

Cuándo contarle algo a tu empresa

Decirle a tu jefe o a Recursos Humanos que estás teniendo ataques de pánico no es una obligación, y la decisión depende mucho del entorno y la relación que tengas. Lo que sí conviene valorar es si la carga de trabajo o el ambiente laboral está contribuyendo al problema, y si hay ajustes razonables —cambios en la distribución de tareas, flexibilidad horaria, reducción temporal de responsabilidades— que podrían ayudar mientras trabajas el problema de fondo.

Si el entorno laboral es parte significativa del problema, tratarlo solo desde el individuo tiene un límite. La salud mental en el trabajo es una responsabilidad compartida entre la persona y la organización, y los mejores entornos laborales son los que permiten tener esa conversación.

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